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escrito por Sentinel
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Monday, 08 de October de 2007 |
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La lluvia es un don ambivalente de este valle de Huatzindeo, bendición y amenaza a la vez, es nostalgia y esperanza. La misma nube recibe halagos y maldiciones, pero… entre la lluvia las historias adquieren un tinte especial, la atmósfera gris de la tormenta enmarca de manera especial, e igualmente ambivalente en los sentimientos de las personas. Cada uno de nosotros nos dejamos llevar por el torrente de diferente manera y usamos el agua de diferente forma. Lluvia ligera La tarde agoniza en Huatzindeo, una lluvia ligera amenaza la tranquilidad de las personas en la ciudad, quienes a veces parecen olvidar que la riqueza de esta pequeña comarca es alimentada por la lluvia y tratamos de creer que somos parte de una metrópolis ajena al ecosistema de la fotosíntesis. Me dirijo colina abajo hacia una cita concertada hace unos días, las grises nubes van cediendo repentinamente, causando alivio en la mayoría de la gente, mas yo nunca sentí la amenaza, ¿por qué ahora debiera sentir alivio?; subo a una carroza, somos 9 pasajeros con destinos diferentes y un mismo camino, las calles de Salvatierra. 
Bajo de la carroza azul cerca de los portales carmelitas, pago al cochero un par de monedas por el servicio; gente va y viene por la Calle Real, en cuyo extremo Este están los mezquites de los ahorcados. Los estudiantes se mezclan con los marchantes, los pobres con los menos pobres que quieren ser ricos. Cruzo la plazuela de las palomas hacia el pasaje al canal de Gugurrones guiado por el sonido lejano de las aguas turbulentas del río Lerma, sé que estoy cerca, espero que la lluvia no sea amenaza para la reunión del círculo de escritores. Frente a su lar pude encontrar al Mayor del Consejo, entramos a su residencia para esperar al resto de la congregación literaria, (quienes no llegarían y talvez culparían a la lluvia). Charlamos unos minutos intercambiando opiniones y esperando en vano, subimos a un lugar más alto, a su refugio intelectual, ahí me obsequió un libro escrito por él y una amiga de la lejana Colombia, Clara Bella; desde su balcón se obtiene una vista nostálgica del valle y del Cerro Tetillas, muy dentro teme un día perder esa vista. Un emisario ligero le lleva un mensaje que le hace despedirse y dar por cancelada la reunión, me llevo el libro autografiado con una dedicatoria además de la promesa de reunirnos la siguiente semana, si no llueve. Hay que culpar a alguien para justificar la impuntualidad, y la lluvia siempre está ahí en estos meses para expiar. He escuchado rumores de que habrá otra reunión en una vieja casona, hablan de que ahí ocurrirá algo pocas veces visto por estos lares, mi curiosidad me guía por la ruta de Hidalgo hasta el tianguis central, el cual luce desierto a estas horas de la casi noche. Una voz potente, poseedora de un carisma por demás fresco me atrae, ¿será el canto de la sirena?, no puede ser, nada me cuesta averiguar. Las puertas de la vieja casona están abiertas, los antiguos entran mezclándose con los modernos, hay varias mesas dispuestas como para presenciar algún acto especial, dos mozos ofrecen bebida a los asistentes mientras al fondo de la mística construcción se escuchan risas, dos musas debían ocultarse en algún fresco rincón cubiertas por las sombras, es como una escena preparada para sentir temor, pero, ¿por qué sentir miedo?, ¿a qué temer cuando nada te amenaza más que tú mismo? El anfitrión antiguo encendió una luz azul y un sirviente llevó a una de las mesas blancas un tibio elixir, me senté en la segunda fila, ahí podía escuchar voces comunicándose en varios idiomas; entonces surgieron, las dos siluetas se deslizaron, una adornada con un aura amarilla, la otra con su aura multicolor; las antorchas nuevas fueron encendidas a un movimiento de la mano del anfitrión, pude observar a los Antiguos, ancianos pacientes, esperando el inicio de algo, y a los Recientes, quienes estaban llenos de la inquietud de su edad, la sala estaba llena.
El Canto de la Musa Eran cerca de las 8 de la noche cuando la musa de aura clara nos agradeció con su tierna sonrisa, tomó un libro negro y lo dejó flotando cerca de ella, sus labios comenzaron entonces a danzar en una simetría cautivante al tiempo que su aura mutaba del amarillo al naranja, la acompañaba un joven de barba ligera, quien ejecutaba las notas musicales en su piano moderno. Su voz surgió potente llenando cada rincón de la vieja casona, edificada con cantera; se empezó a escuchar una ligera lluvia cayendo sobre el techo de la mansión, mientras tanto, fuimos relajados por una música ancestral, el anciano anfitrión sonreía observando a cuatro invitados hipnotizados por una luz azul al fondo del pasillo, sentados los cuatro movían sus manos como tocando también el piano y sus ojos permanecían fijos en los cristales que los podían trasportar sin abandonar la mansión; mientras tanto, el anfitrión sonreía al ver entrar más gente, no por el placer que embriaga los oídos sino por… algo más. La Musa mezclaba palabras que entendía con otras desconocidas para mí, su canto era en otro idioma, mas no importaba si la caricia mis sentidos era placentera; palomas y cuervos se internaron en la sala al oír el canto juvenil, ella, la Musa cantante, refrescó su garganta con un brebaje verdoso, era agua en un frasco frío en la cual flotaba una vara; la otra Musa trataba de retratar la magia del momento por medio de un extraño objeto en su mano. Era un retrato frío de la pálida hermosura de la Musa, quien nos deleitaba con su canto, su mirada era triste a veces como atrapando cualquier luz que osaba acercarse a ella, por ello estaba rodeada de una penumbra sólo interrumpida por pequeños destellos, como los de los relámpagos lejanos que acompañan a la lluvia. Sigue lloviendo afuera. Los destellos no la inmutaron, cuando una Musa conoce su misión no se distrae con lo mundano, lo atrapa, lo arropa, lo moldea a voluntad. El vals melodioso nos llevaba de la melancolía a la confrontación, un habitante de la mansión nos dio un papel, no entendí todas las palabras, eran varios dialectos ahí plasmados; los invitados se regocijaban con las canciones, súbitamente, las musas se desvanecieron a las sombras una vez más, el barbado pianista continuó solo interpretando melodías de la noche. Nubarrones negros cubrían el valle, bueno, eso imaginé por el sonido de la lluvia fuera, mi reflexión se cortó cuando un mozo me trajo una bebida de uva, pero mi embriaguez necesitaba de la voz de la Musa. Se retiró el pianista joven, quedamos los invitados y los habitantes en una tensa espera, voces murmurando hicieron eco a través de la húmeda atmósfera. Surgió de nuevo la Musa, había mudado su piel, saludó, nos deleitó nuevamente orando música; su aura era como el de una princesa y sus movimientos cortos se semejaba a los de una muñeca, ella veía el libro negro, absorbía los signos dialécticos y nos los arrojaba melódicamente, impregnándonos con su voz. Me refresqué con el vino dulce, varios de los invitados trataban de capturar el reflejo de la musa con extraños pases, ¿cómo capturar la magia del suceso?, y es que era difícil hasta describir a la Musa sin perder la objetividad del narrador, su mirada te arrojaba a una profunda caída y su sonrisa te rescataba en el mismo instante en un vertiginoso acontecer musical. Ella llevaba una flor rosa en su vientre, la cual resalta sobre la claridad de su piel; de la base de la flor, justo en la cintura, surgía una cascada inocente, velo rosa, protegiendo u ocultando un codiciado tesoro por los cazadores de Musas. Ella entablaba una comunicación que nos encadenaba sin existir un circuito del habla, los eslabones estaban forjados por los sentimientos en las palabras envueltas en notas musicales.
La Lluvia Cesó. Unos invitados se mostraban agradecidos, otros extasiados, no faltaba la doncella presa de la envidia por la atención que la Musa acaparaba con su canto, dos flores rosas más se urgieron tatuadas, dos botones cerrados acompañando a la flor abierta, una a cada lado; su suave balanceo era hipnotizante y subliminal, Ella hizo un suave pase mágico sobre su frente y se iluminó su coquetería, preludio a su último acto. Ese acto final fue atrevido, osado, convincente; su canto fue como el de una sirena, los invitados de la mansión quedaron paralizados por un segundo, fueron uno con la obscuridad por ese instante, no existíamos, sólo ella, hasta la lluvia cesó. Uno de los Recientes le regaló un ramo de rosas a la Musa, al pianista de barba tenue le fueron otorgadas flores amarillas. Volvimos a la existencia y los invitados ovacionaron de pie el acto de la Dama, los Mentores se llenaron de orgullo por su discípula, se había graduado, había encontrado el ken para enfrentar un reto superior. Un viento húmedo invadió la vieja mansión, vaciamos nuestras copas, los invitados rodeaban a la Musa, Meroucia, era el nombre que invocaban en su entorno, la tocaban y trataban de arrebatarle un poco de su luz, tanto los Antiguos como los Recientes desfilaron ante Ella y abandonaron la mansión para desvanecerse entre las angostas calles de Salvatierra. Yo también me sentí atraído a abandonar el lugar, mas la curiosidad y el deseo de tocar a la Musa me hicieron dudar, todos quienes la tocaban sonreían, bueno, menos la dama cautiva por la envidia; me acerqué como cualquier curioso y la saludé… toqué su mano y en vez de arrebatarle un poco de alegría absorbí su tristeza, en ese breve instante vi todo aquello que le molestaba brillando en su mirada y lo asimilé. ¿Por qué?... Osmosis sensorial. Salí de la mansión, la lluvia volvió, leve, refrescante, filtrándose entre las sombras de la noche, los carruajes pasaban salpicando las aguas de las calles, era como un riachuelo con peces, ranas y una que otra tepolcata. Hasta aquí llega este relato, fin de la canción de cuna, vayan a dormir ahora, y si se portaron bien tal vez escuchen el canto de la Musa. |
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Última modificación ( Friday, 09 de November de 2007 )
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