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Página 3 de 8 IV.- Al grito de “Muerte al Sha”Jomeini llegó al poder hace 29 años Una revolución islámica, encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeini, acabó con la monarquía prooccidental iraní del sha Reza Pahlavi a fines del año 79 y luego Medio Oriente ardió contra la administración de Ronald Reagan. Durante meses, miles de iraníes gritaron “Muerte al Sha” en incesantes manifestaciones de protesta por Teherán y otras ciudades de Irán. Cuando el sha Mohammed Reza Pahlavi se mostró dispuesto, al parecer, a representar únicamente al país y dejar el gobierno a su contrincante Shapur Bajtiar, ya hacía tiempo que había perdido a su pueblo. Cuando el “rey de reyes” salió del país el 16 de enero de hace 29 años en un avión privado para unas “vacaciones de descanso”, ya intuía que sería para no volver. En su despedida con unos pocos fieles seguidores, tenía lágrimas en los ojos. La noticia de la partida del sha causó gran alegría a millones de iraníes. Después de un año de manifestaciones pacíficas y enfrentamientos sangrientos, con centenares de muertos, lo celebraron como si comenzaran una nueva vida. Derribaron los monumentos de la dinastía Pahlavi y regalaron a los soldados retratos, adornados con un collar de claveles, del ayatolá Ruhollah Jomeini, un hombre al que la mayoría de los entonces 35 millones de iraníes chiítas musulmanes había elegido como su ídolo y líder. Desde su exilio en Francia comunicó a través de llamadas telefónicas a los “mullahs” en Irán el derrocamiento del sha; éstos luego difundieron entre la población su mensaje reproduciendo los casetes en unas 80.000 mezquitas de todo el país. Desde el principio no dejó duda alguna sobre su intención de convertir la monarquía en un Estado islámico, en el que religión y política fueran un todo. Las advertencias entonces de intelectuales iraníes de que Jomeini, un integrista islámico, conduciría al país a una nueva dictadura fueron desoídas. El líder religioso, de 78 años y de perpetua mirada sombría, hizo saber después de la partida del sha que regresaría desde su exilio en París. Miles de extranjeros, sin embargo, abandonaron el país preventivamente, en parte por los eslóganes antiestadounidenses que se podían escuchar en las calles. El ayatolá Ruhollah Jomeini nunca ocultó su intención de convertir la monarquía en un Estado islámico, en el que religión y política fueran un todo. Estrategias sin éxito Nuevos disturbios se vieron acompañados de persistentes rumores sobre un alzamiento militar. Bajtiar intentó entonces, aunque sin éxito, arrancar a Jomeini el reconocimiento de su gobierno. Bloqueó durante días el aeropuerto de Teherán para, al parecer, ganar tiempo. Personas de todas partes del país marcharon a Teherán para ofrecer una triunfal bienvenida a su ídolo, que finalmente tuvo lugar el 1 de febrero de 1979: el imán (líder), pese a los militares, pudo aterrizar en el país, 15 años después de haber tenido que abandonarlo. Cuando se abrió la puerta del avión, apareció en sandalias, saludó con escasos gestos y desató una histeria colectiva que rozaba el éxtasis. Su victoria, sin embargo, estaba en el filo de la navaja. Las informaciones sobre grupos de extrema izquierda o de derecha que provocaban enfrentamientos sangrientos en Teherán por su propia cuenta no hacían más que multiplicarse. El líder de la Revolución endureció la lucha por el poder y contrapuso a Bajtiar su propio gobierno de transición. Los toques de queda y la ley marcial fueron desafiados, al ser considerados un complot de los militares contra la Revolución. El país estaba al borde de una guerra civil. El 10 de febrero, tropas de elite leales al sha marcharon en Teherán contra los soldados de la Fuerza Aérea que se habían puesto de parte de Jomeini. Combates y tiroteos se esparcieron. Los manifestantes levantaron barricadas y saquearon arsenales del Ejército. La policía y los soldados comenzaron a desertar. Al día siguiente, el Ejército proclamó su neutralidad y prácticamente se disolvió. Bajtiar desapareció. Por la noche, radio Teherán interrumpía su programa y anunció el fin del imperio. Jomeini, inflexible, imperturbable, sin tregua ni cuartel, tenía el poder.
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