El Reino Prohibido Parte I: El lamento por la Princesa1521, una princesa camina sola por la orilla del río Lerma, ha cruzado al lado oriental de la comarca, no le parece importar la amenaza Chichimeca, camina alegre arropada en el lujo indígena mientras disfruta del fresco ambiente. En el lado occidental de la rivera su padre la busca, ha mandado a 6 doncellas a buscarla y regresarla antes del anochecer, pues deben volver al sur, a Chupícuaro, y ya están retrasados.
La princesa, cuyo nombre ha quedado borrado del recuerdo en la historia de Huatzindeo, se despoja del ligero ropaje que la cubre y distingue como persona importante, camina río adentro y se deja acariciar por las aguas cafés del río Grande, su morena piel se estremece ante el primer contacto con el frío de la suave corriente que borrará los vestigios de lo que acaba de ocurrir minutos antes. El relajante golpear del agua en su espalda morena le hace suspirar, se siente tan libre y feliz que desearía no abandonar estas tierras de veraneo y seguir disfrutando de los secretos del valle, pero lo bueno siempre parece tan poco… unas voces lejanas la regresan a la realidad, talvez sean los guerreros otomíes que la andan buscando por ordenes de su padre, sale del río dejando iluminar su desnudez por el cálido sol de verano; le inquieta sentir que alguien anda cerca y no es voz de mujer. Hay algo que ella guarda y que no desea sea descubierto por su padre.
Las 6 doncellas cruzan el río en busca de la primogénita, saben que gusta de bañarse en esas aguas y la buscan por entre los cañaverales, bajo los frondosos fresnos… de pronto… un grito desgarrador estremece a las 6 jóvenes, el dolor del lamento les llena de miedo, mas saben que deben encontrar a la princesa a como dé lugar, las 6 se pierden entre la verde maleza dejando de oírse sus pasos pisando la hojarasca.Varios guerreros cruzan presurosos en busca de las 7 doncellas, los lamentos de la princesa los guían y los confunden, parvadas de pequeños pájaros huyen hacia el cerro grande, algo no anda bien. Un guerrero regresa a donde su Rey espera impaciente, el semblante de su súbdito lo dice todo, no es fácil ver llorar a un guerrero otomí, hablan apartados del resto de la tribu, a un ademán del Rey 18 mujeres ancianas entienden que deben seguir al guerrero, luego, todos los demás cruzan el río aprovechando las rocas; la escena que van descubriendo es el origen de todo terror, una a una, van encontrando a las doncellas brutalmente masacradas, el rictus de dolor en sus rostros estremece a los guerreros y la forma en que han sido mancillados los hermosos cuerpos provoca el llanto de las ancianas. Cae la noche mientras la penosa labor de preparar los jóvenes cadáveres se lleva a cabo, no es común, pero es muy fría esta noche en pleno mes de junio, la maldad se hizo presente en el valle, arden 6 piras, 6 jóvenes mujeres cruzaron al más allá de la forma en que nadie debiera hacerlo, la indignación arropa los corazones luctuosos y los ancianos buscan responsables a través de sus rituales solamente interrumpidos por los quejidos de la Princesa que se siguen escuchando por entre la tranquilidad de las sombras, la joven agoniza en medio de dolores indescriptibles y del remordimiento de saber que por su capricho murieron esas jóvenes quienes fueron en su busca; su pecho está agitado, suda abundantemente, arde en fiebre. Trata de confesar algo a la anciana que le atiende, sin embargo, las palabras han huido de su garganta, sólo lamentos surgen de entre los resecos labios.No te esfuerces mi niña, guarda tus fuerzas, esa herida en tu cuello te ha de haber dañado la voz, ya mañana te sentirás mejor, descansa. La anciana limpia la sangre que corre lenta desde la garganta hasta su seno, es la única herida en su cuerpo, hecha por algún utensilio filoso y preciso, en la mano de la joven aún aprieta un puñado de flores blancas pues nadie pudo abrirla, nadie quiso forzarla. No regresan al sur como lo habían planeado, la tribu cambia sus planes ante la tragedia, lentamente se organizan e inician su andar un poco más al norte, hacia las faldas del cerro volcánico, dejando atrás las 6 piras ardiendo, iluminando con su fuego sacro la rivera derecha del Río, el humo blanco guía los espíritus de las jóvenes hacía el lugar prometido por los sacerdotes y su fe. Llegan a una pequeña colina, ahí establecen su campamento, en este lugar boscoso los ancianos han decidido guardar luto por las doncellas y subir al cerro para interpretar en los astros el hado de la Princesa. En torno a las fogatas las personas murmuran acerca de la tragedia, ¿qué bestia hace algo así?, nadie se atreve a pensar que el ataque lo cometió una persona, eso sería demasiado terror que soportar o darse cuenta de una ofensa demasiada grande contra los Dioses. |