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Cuentos salvaterranos La luna era llena y resplandeciente, se veían los luceros diáfanos y fríos. El hombre sin poder conciliar el sueño caminaba atropelladamente por entre las desiertas calles de la ciudad. Se sentía perseguido y acosado por sombras gélidas que le buscaban, que le seguían la espalda. Camino más de prisa con rumbo al río.
Volteaba sin poder librarse de esas figuras fantasmales que le perseguían, que le presionaban para caminar mas de prisa. Ya en despoblado y en las margenes del río no tuvo mas remedio que correr presuroso sin mirar atrás. Sombras vagas y difusas. Heladas que le producian calosfríos. Agitado y sudoroso siguió corriendo y de vez en vez volteaba hacia atrás solo para encontrarse con aquellas sombras chocarreras que parecian reirse del hombre y que le obligaban a huir entre brechas y maleza que le producian laseraciones en sus miembros. Casi sin aliento, rendido y angustiado se dejo caer entre la hierba humeda. De espaldas con la cara al firmamento y de pronto le parecio ver la luna enorme y brillante que iluminaba su maltrecho cuerpo. Empezo a sentir un frio que le calaba hasta los huesos, sintió náuseas y un fuerte dolor de cabeza. De pronto percibió la luz de la luna más cerca, los luceros más diafanos, cercanos, como si se metieran en sus ojos. Sintio calor y le parecio flotar, creyó que su cuerpo se elevaba, levanto ambos brazos a la bóveda celeste y supuso emprender un viaje…. se quedo dormido en un apacible y dulce sueño, como olvidándose de su existencia. Al día siguiente lo encontraron agricultores que se dirigian a su labor. Le miraron el rostro apacible, como sumido en un dulce sueño, los brazos extendidos en cruz y dejaba ver una sonrisa de felicidad, de tranquilidad. Los agricultores se santiguaron y corrieron apresuradamente a buscar al párroco de su iglesia. Salvatierra, Guanajuato noviembre 22 año 2008. |