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Después de las largas jornadas de trabajo los salvaterranos salían por las tardes de sus casas en busca del fresco de la tarde, hay quienes preferían los jardines públicos o los añosos portales de sus casas. Hay quienes gustaban las aguas frescas de frutas como melón, sandia, fresa y chía, para paladares más exigentes degustaban un vaso de nieve de leche sabor fresa, vainilla, preparadas con leche fresca y huevo, o de agua, limón, melón, de guayaba o mamey.
Comiendo cacahuates recién horneados, esquites con limón y sal, ates o dulces de pepitoria y comicallas, animan el gusto y aligeran la lengua entre carcajadas y aplausos que celebraban con alegría las ocurrencias de los contertulios. Recibían el ángelus, hincados y persignándose con devoción y respeto. Así se pasaban la tarde en comunión familiar recordando viejas historias de aventuras vividas en tiempos pasados, anécdotas en una charla simple y amena.Esto ocurría por los años treinta cuando en Salvatierra no había televisión y poco alumbrado público, y solo unas cuantas personas pudientes presumían algún radio de bulbos con el que escuchaban las ondas internacionales en español. Cuando se escuchaba el canto de los serenos y había pocos ladrones. Cuando las puertas de las casas se habrían de par en par durante todo el día geranios, helechos, cenzontles y gorriones adornaban las estancias familiares, Sentados sobre sillas de tule de Michoacán y los corredores de sus casas repletos de macetas con belenes, coronas de María, colas de novia, las Hortensias, buganvilias y hasta jazmines, Daban una frescura agradable a toda la casa y un delicioso ambiente que nos recordaba las casas de la vieja España. Herencia colonial de muy buena costumbre. Posterior a la misa de ocho la gente luego de cenar en familia se retiraba a descansar con los pitidos del tren que jadeando arribaba a la ciudad. Era cuando Se acostaban con las buenas noches y se levantaban encomendándose a Dios, saludaban con el antiquísimo ave María Purísima y se contestaban sin pecado concebida y con el delicioso saludo ya perdido de aquel ‘’A Dios te encomiendo’’, o cuando alguien estornudaba se exclamaba “Jesús te ayude”, descansaban para empezar el nuevo día a las seis de la mañana. Y cuando las mujeres se levantaban a las tres de la mañana a quebrar en sus metates el nixtamal para preparar el delicioso desayuno prehispánico con tortillas recién echadas a mano que servían infladas y calientes, frijoles, salsa roja del molcajete, camote de cerro, nopales, calabaza y atole de masa de maíz al que algunas le agregaban chocolate, piloncillo y canela bebida nutritiva indígena que le llamaban champurrado o simplemente servían te de hojas. Luego el trajín cotidiano ciclo que se repetía hasta su muerte. Gracias por leer.
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