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El alba llegó con aliento fresco en la ciudad del no-pasa-nada, el sol se asomaba tímidamente y sin ganas de calentar, se cobijaba en sabanas grises y blancas, nubes pues; tomé mi mochila, me puse mi cachucha y salí a caminar por esas calles angostas y coloniales, coloniales por aquello de que fui de una colonia a otra, para ver como les había ido con las lluvias. Un ir y venir de personas llamó mi atención, tercamente buscaban entrar en la misma calle tantos, y venidos de tantos lugares, como las aguas de lluvia que parecen reclamar su lugar cada año, así cada martes la gente del municipio de Salvatierra se siente atraída a confluir ahí, donde hace años decían que nadie iba a ir, donde quedaba lejos del alcance de tus ganas de caminar.
En la esquina de Ocampo con Arteaga es la entrada al río de 2 corrientes, ahí, los jóvenes lanzan sus redes de roces a las muchachas, intercambian miradas curiosas y de coqueteo; pequeñas parvadas fluyen sintiéndose dueños del momento, pero en realidad son una pieza en el rompecabezas multicolor, al igual que el niño que se jalonea de la mano de su mamá, pues se ha encaprichado con un juguete raro, hace su berrinche, y la mamá aguanta pensando que ya le pasará con la edad, pero, no muy lejos, un padre sufre el mismo berrinche, pero de una adolescente que quiere esa falda, la cual a ella le parece hasta un poco larga y al papá demasiado corta, es la ley de la relatividad que enseñan en física, y que tal vez conocen esos estudiantes vacacionistas que se pasean con su reina; más adelante otra mamá levanta unos calzoncillos y le pregunta a su hijo si le agradan, él se molesta porque lo hace pasar vergüenzas, y la mamá extrañada lanza una mirada a la cintura de su hijo, donde en vez del cinturón le adorna el resorte de un bóxer, calzón al fin y al cabo, mostrado a la vista de todos. Otra ley de la física dice: “Todo lo que sube tiene que bajar”, y sí, si llegas hasta la esquina con la calle Guadalupe, donde las flores y los artículos antiguos son despedida y bienvenida, la ley de gravedad te jala, y regresas a las frescas sombras de los enlonados pasillos, caminan cerca de los puestos buscando la ropa, la música, talvez detenerse a disfrutar de un vaso de frutas: jícama, sandía, melón, pepino, zanahoria. Las amas de casa buscan las ofertas, los jóvenes checan el último grito de la moda, un chavo quiere comprarse un pantalón cholo, de esos que arrastran y que llevan pintado un cholo enano, pero al ver que otro chaval tiene que levantarse el pantalón como una dama se levanta la nagua para brincar un charco, mejor regresa el pantalón al merolico, quien le lanza un piropo disfrazado en albur a la muchacha de pronunciado escote que se inclina a checar los discos mp3, atrayendo la admiración de las miradas masculinas y el recorte de las muchachas. Hay ofertas en todos los puestos, en las dos márgenes de este pequeño riachuelo citadino hay para todos un algo: películas, juegos, chicharrón, mole, largas, relojes, electrónica, accesorios para video, antenas, fundas, etc. Las charlas más variadas, las ocurrencias más floridas, la muchacha del Sabino dice conocer a aquel joven de Las Cruces que la volteó a ver, y el adolescente de San Antonio se levanta el cuello por ser amigo de la muchacha de Santo Domingo que cruzó una mirada con él; hay pavo reales buscando quien los admire y hay quien mejor se duerme en su carriola, pues no alcanza a ver nada, más abajo que él sólo el joven en su carrito improvisado, que lo lleva a todos lados, pues sus piernas no le sirven para caminar, se impulsa con sus manos callosas y pide una ayuda a aquellas muchachas que se quejan porque tendrán que caminar un poco más si las deja la combi. Un borracho le dice a otro, “mira ahí están los cuervos”, y yo, ingenuamente volteo al cielo, busco entre las ramas de los árboles o en las paredes; sin embargo, no, los dichosos “cuervos”, son los jóvenes quienes gustan de la música metalera y que visten de negro, se reúnen entorno a una pequeña mesa, mezclándose darketos, góticos, heavy metaleros y uno que otro curioso. El vendedor mete un disco al reproductor y surge una melodiosa música, agresiva, una voz gutural como la del mismísimo Satanás acompañada por voces operísticas venidas del mismísimo cielo. Pero hay más nidos musicales, para todos gustos: los gruperos, los fresas, los niños; también se encuentran una vasta colección de películas de todos los tiempos y tipos. Las amas de casa consiguen todas sus herramientas y utensilios para la batalla diaria, también adornos para aligerar el campo de batalla; caminando en este riachuelo encontré al chamán, o al Chán del agua, quien tiene el remedio a todos los males en su mesita de 20 x 20, para que necesitamos Seguro Popular o al Doctor Símil, si aquí en estos frascos y hierbas está el remedio a mi gastritis, a la uña enterrada, al pie de atleta, al mal de orín, casi hasta para el cáncer, y creo que un frasco decía:”Antidoto contra una enfermedad que apenas se va a descubrir”; ¿imposible?, entonces que alguien me explique porque ya aquí están los discos que aún no se lanzan o las películas que todavía no se estrenan. A ver, a ver. Olores, fragancias, sudores, esencias, nubes caleidoscópicas; y se asoman las miradas más interesantes tras los ojos de las damas, mezcla de inocencia y malicia, miradas claras que penetran e invitan, miradas oscuras que protegen y te detienen. Se mueven ligeras entre este caos de las 2:30, rostros maquillados, rostros desnudos, todos tienen su encanto, vestidos con peinados variados; damas de piel blanca y cabelleras teñidas de negro, damas morenas con cabellos dorados. Damas armadas con sonrisas que desarman al más aguerrido, andar cadencioso que abre las aguas de este riachuelo, hasta unos changos en sus ramas de tela y alambre tiemblan al verlas pasar, ese andar que atrae a una mano a la zona prohibida al tacto y permitida a la vista, ella se voltea y reclama: “Baboso”, él dice: “Es que se te iba a caer el celular de la bolsa trasera de tu pantalón”; ya no agradecen la caballerosidad. Y el ciego no las puede ver, pero al recibir las monedas reconoce el perfume y agradece el aroma de una flor entre la podredumbre del pantano que le tocó vivir. Todo esto en sólo 5 cuadras, que algunos recorren hasta 10 veces, sin comprar, sólo por disfrutar del paisaje y para hacer ejercicio como lo recomiendan los doctores. Y entonces, el sonido luctuoso de las sirenas atrajeron la atención, mis pasos me llevaron hasta la calle Juárez, ahí pasaba el cortejo fúnebre, llevaban en su último paseo por Salvatierra al Director de Policía, Jaime Campos, lo acompañaban familiares, compañeros de trabajo de este municipio y de los municipios vecinos, un grupo musical trataba de ser más llevadero el memento para los dolientes; las ambulancias y patrullas gritaban, mientras un anciano recorría la acera de la derecha dando el pésame a todos los que encontraba a su paso; llevaron el ataúd hasta el patio de la Presidencia Municipal para rendir los honores correspondientes para después ir al Santuario Diocesano a la misa de cuerpo presente. Regresé a la explanada del Carmen, ahí unos niños corrían gustosos entre las palomas que bajaban para comer de lo que algunas personas les dejaban, las palomas, acostumbradas a la gente, no se alejan mucho aún cando los niños corren cerca; un infante cae de rodillas y se va llorando a buscar consuelo con su papá, quien hace fila en el cajero, abraza a su pequeño; así, cuando parecía que todo se tornaba calma, las palomas comenzaron a abandonar la plazuela para refugiarse en sus nidos, un aire fresco llegó desde el Este, y súbitamente grandes gotas fueron el preludio de una copiosa lluvia, sin previo aviso para el apático, “Era de esperarse” dice un anciano, “me dolían mucho las rodillas”; en pocos minutos, las calles se llenaron de agua y gente corriendo. Ahora, el arrollo vehicular es acequia, lo que era un pequeño paso se convierte en toda una aventura para los ancianos, el joven minusválido en su avalancha tiene que esperar bajo una marquesina ante la mirada indiferente de los policías, ni modo de ayudarlo, no son combi; las acequias Gugurrones y Ardillas son ahora ríos, algunas colonias se convierten en lagunas ante la mirada alegre de los pequeños y la preocupación de los padres. El agua arrastra la tierra de las obras públicas por la Calzada Alderete y Guillermo Prieto, algunos topes desaparecen entre el lodo, un grupo de jóvenes se queda atrapado en el kiosco del Jardín Grande, como atrapados quedan en la calle Dolores Hidalgo pues la corriente es fuerte. 45 Minutos después cesa la lluvia, baja el nivel del agua en algunas calles, pero la Dolores Hidalgo sigue siendo río y la Col. El Aguaje sigue siendo laguna, pequeños lagos son los baches, en la esquina de la Guadalupe con Guillermo Prieto se observa un geiser. Aunque no es día 1 de agosto, hay muchos “San Cristóbal” cruzando niños de una banqueta a otra. Por la noche, fui a dar a una reunión en la calle Guerrero, invitado por una joven poetiza, Luz Helena; ahí, en ese lugar colonial, cueva de cantera, Javier Malagón hablaba del “Cantar de los Cantares”, nos platicó ese libro y de cómo interpretarlo; el maestro Javier Carreño interpretó unas canciones al piano relajando el ambiente, expresando su gusto por la música clásica y su melancolía. Y entonces, me digo a mi mismo, que bueno que vivo aquí donde no pasa nada, ¿cómo será vivir en otras ciudades?
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